sábado, 26 de junio de 2010

CURTURA


Por JR Duque en http://discursodeloeste.blogspot.com

Le contaba a un interlocutor en este mismo blog que hace unos años, durante uno de esos episodios que hacen inolvidable la vida en pareja, cometí el error de comentarle a quien era entonces mi mujer que a los espaguetis que me acababa de poner en la mesa les faltaba algo así como una salsita. Aquella hembra retiró el plato con un violento jalón, se fue a la cocina y regresó al momento con el mismo plato pero full de salsa y ni un solo espagueti. Exactamente esa ha sido la reacción de la “clase pensante” al leer mis reflexiones sobre las orquestas del “maestro” Abreu, la música académica y la noción elitesca, exclusivista y fascista de cultura que campea en ciertos círculos: revirar diciéndome que si yo creo entonces que los millones que se destinan a las orquestas sinfónicas (más de la mitad del presupuesto del Estado venezolano para el sector Cultura) deben ir a parar a las arcas de los chimbangleros de Bobures. Pero por supuesto: para quien creció en la sociedad burguesa y nunca tuvo los cojones, ni la inteligencia ni el sentido de humanidad suficientes para combatirla, la cultura no es sino una mercancía más y que sus productos son buenos o malos según se les inyecte más o menos billete.

De una conversa con los Cayapos Ramón Mendoza y Ramón Carpio allá en El Vallito obtuve algunos datos reveladores, como ese que nos informa que las peculiaridades de tal o cual género musical tienen que ver con el modo de producción, con el ritmo y la forma de vida del cultor. Los músicos profesionales (esa perversión del capitalismo) sólo consiguen copiar y meterse unos reales con algo que es creación humana de generaciones. El vallenato auténtico lo cantan y tocan los agricultores y obreros de Valledupar y zonas de influencia; Carlos Vives, Los Diablitos, Farid Ortiz, son fenómenos comerciales deplorables porque su único objeto es ganarse una plata. La música de arpa, cuatro y maracas es patrimonio de vegueros y trabajadores del campo. Rock vergatario el que tocaban los obreros de Liverpool explotados a mansalva. Jazz universal y patrimonio de la raza humana el que nació en las plantaciones y galvanizó su vocación urbana en New Orleans. Hay que haber nacido en La Guajira para saber tocar un wootoroi y sólo en esas inmensidades suena bien ese raro instrumento: usted lo mete en un estadio o en un salón concebido para escuchar violines y le sonará horrible. La bandola que vino de tierras árabes y se filtró al llano colombo-venezolano vía Al Andalus (¿España?) comenzó su recorrido hace más de diez siglos en forma de laúd. Esa bandola que oímos hoy en Colombia y Venezuela es el producto de muchos siglos, muchas manos, muchas generaciones de disfrute y creación, no el objeto mágico de un genio que un día se encerró en su estudio y patentó el invento. Por eso la bandola de mi tío abuelo Juan Esteban García es eterna e inmortal, mientras que la bandola de Saúl Vera sirve sólo para coleccionistas de objetos raros.

El “mezclador” o cultor que experimenta, cuando pierde la conciencia de su origen, de lo genuino de su propia voz, se convierte en repetidor automático y a veces en impostor: ahí tienen a Luis Silva intentando ponerle sabor llanero a unas baladas que sólo podían funcionar como baladas; allí está Reinaldo Armas vendiendo unas falsas canciones de coleadores, cabestreros y agricultores, cuando él nunca fue agricultor, ni cabestrero ni coleador; ahí están los pobres muchachos del sistema de orquestas del “maestro” interpretando mediante una disciplinada lectura de partituras lo que la sangre no les dicta. Van a Viena a interpretar a Mozart y nos envían el notición: “Marico, aplaudieron a los chicos de la orquesta”. Pero de bolas: yo veo a un australiano descargándose una revuelta de arpa en un seis por derecho y también lo aplaudo.

La manifestación cultural venezolana más poderosa e indestructible son los tambores afroamericanos. Hace dos décadas Jesús "Chucho" García recorrió varios países de África en busca de algo que sospechaba, pero que no tenía como demostrar: que allá en las aldeas más recónditas, adonde no llega ninguna noticia o influencia de América, se tocaban exactamente los mismos tambores que en Curiepe y Cuyagua, y exactamente de la misma forma. Habrá que preguntarles a los defensores de la "cultura" esa que sólo funciona en grandes salones, en la academia y con grandes ingresos como "profesionales": ¿será que cuando a esos esclavos los trajeron en el siglo XVI les permitieron traerse consigo los tambores, manuales para tocarlos, profesores? ¿Será que les permitieron fundar una Casa de la Cultura? ¿Les habrán pagado un sueldo para que por favorcito siguieran tocando tambores aquí?

NO GÜEVÓN: esos seres humanos vejados, sometidos a la humillación más espantosa de la historia humana, se trajeron los tambores en el cuerpo, en la sangre, en el cerebro. A ciertos "cultores", y al "maestro” Abreu, tú les quitas el sueldo y la burocracia y ya más nunca se ocuparán de producir una mierda. La cultura hay que buscarla entonces en lo profundo de la sangre, no en los nombramientos y contrataciones mnultimillonarios, y mucho menos en el aplauso de los intelectuales.